ESCULTURA – EVARISTO BELLOTI



Descalzo, los pies desnudos sienten el frío mármol de Macael. Unas incisiones recién nacidas en las blancas losas cosquillean mis dedos que se acostumbran a la temperatura. Las muescas se convierten en hondos surcos de formas ovaladas habitadas de agua. Charcos de interior. Como un niño chapoteo sobre las estelas de piedra con cuidado, algunas “cojean”. Sobre el pavimento averiguo el reflejo del exterior, me sitúa: estoy dentro. En el interior de un palacio abandonado, como el visitante de unas ruinas. Me alarma el tintineo de lágrimas de lluvia sobre el cristal del antiguo invernadero: me explico a mi mismo cómo puede estar el piso húmedo si no hay goteras: el agua cae desde debajo del suelo, brota de una alfaguara subterránea. Las nubes cuajan sobre la jaula de pájaros mientras investigo la matemática del oleaje que guía mis pasos. Alguien abre una puerta, abandono mis inquisiciones y salgo volando sobre el Parque del Retiro.
Seco mis pies en un acto que tiene algo de sacramento mientras repaso las anotaciones; la reminiscencia de la decoración estrigilada de los sarcófagos romanos no es azarosa. El mar pétreo instalado ad-hoc para el Palacio de Cristal no es un paisaje natural erosionado por los siglos: es obra de Evaristo Belloti, un arqueólogo de la poesía que talla imposibles; congelar el paso del tiempo. La huella del mediterráneo natal (gaditano) y el poso de la cultura clásica son tics inconscientes que gobiernan sus manos. Recoge de la costa los restos del naufragio de las mil civilizaciones que navegaron el mare nostrum.
Cuando uno intenta explicar la instalación se siente como el que desvela los trucos de un mago. No son más que unas acanaladuras, que en una secuencia preescrita se reproducen en unas placas de mármol con distintos diámetros y relieves. La obra propuesta por Belloti es sencilla pero eficaz. Porqué no llamarla simplemente escultura.
El Palacio de Cristal ya no es ese edificio escondido que sorprende a los turistas que “de paso”, ven algo de arte conceptual, sino una invitación diferente de arte contemporáneo, con obras que se benefician del entorno ofreciendo una experiencia sensorial, que piden a susurros ser invadidas no en bandadas; sino en soledad. Leer más...

FREDERIC AMAT



Un espíritu violento, travieso, vengativo invade el escenario de un teatro. Un fantasma de la ópera furioso y cabrón que retorna a la memoria para enfrentarse a la muerte. Sogas. Tras el telón algo concentra la atención de esa presencia.
Las sogas que hace que los decorados y las cortinas del teatro se muevan. Sogas que sube y bajan con fiereza, sogas negras que funcionan como vísceras de un organismo oscuro.
Tras el telón también hay focos, escaleras, decorados. Todo ello turbado por este director que se volvió loco, este actor que no puede zafarse de su último papel, este apuntador que se niega a seguir el guión. Enfadados regresan al escenario donde se representaron cien batallas y mil asesinatos. Fingidos o no, poco importa.
Abandonamos ese teatro camuflado para trasladarnos a la antigua cárcel de Carabanchel. Ahora no es uno, sino muchos los duendes juguetones que todo lo desordenan; sillas, mesas, escobas, etc…Un caos proveniente de unas almas sin sosiego, que no encuentran la paz ni siquiera una vez abandonaron las celdas. En otra dirección, las siluetas de unas cabezas aztecas reposan sobre estanterías: son las víctimas que miraron en una viaje a México a los ojos al que ahora nos perturba.
Lo que nosotros vemos, es decir, la huella que deja este demonio es esmalte y acrílico sobre linolium, un vídeo y fotografías. La Galería Álvaro Alcázar es un almacén de la obras de un persecutor o de un perseguido. A la salida del tinglado un corto vídeo nos lo presenta de la única manera posible. Una sombra, un perfil en negro, en este caso un actor en el momento del maquillaje. Se embadurna el rostro y lo deja marcado en la pantalla. Es la firma del autor. Ese espectro maldito nació en Barcelona en 1952, es un artista de esos que hacen mil cosas y se llama Frederic Amat. Llevaba varios años desaparecido (ya sabemos qué hacía) y en su vuelta nos descubre sus últimas creaciones; estrechamente ligadas a su profesión como escenógrafo y a su carácter viajero. Una obra cercana al arte conceptual de mediados de siglo, a lo documental y a lo mágico.
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ARTISTAS DE LA HELSINKI SCHOOL, AINO KANNISTO, RIITTA PÄIVÄLÄINEN.

Gracias a la ola de frío las imágenes de Aino Kannisto (1973) y Riitta Päiväläinen (1969) están como en casa. Un resplandor, un halo, algo conecta todas las fotografías de forma intangible. Una poética que tienen en común los artistas de los países nórdicos. Un retrato que huyendo de lugares comunes identifica la soledad, el aislamiento y el suspense, todo ello a muy bajas temperaturas.

Conocer el origen de estas dos fotógrafas nos ayuda a identificar ese “halo” que las conecta: la Helsinki School. El capataz de esa siderurgia es Timothy Persons, también artista y comisario, que consciente de la particularidad de sus alumnos se encarga de promocionar los paisajes helados, las miradas habitadas y los bosques oscuros de su ejército de camarógrafos por museos y galerías de Europa. La originalidad y la calidad de su producto justifican su empresa. En la galería Cámara Oscura podemos visitar a dos de sus mejores soldados.

Dentro de las similitudes, Aino y Riitta son absolutamente divergentes en sus propuestas. Las instantáneas de Riitta Päiväläinen son lo más destacable de la exposición; escenificaciones (preparadas) al aire libre de ropa que adquiere en mercadillos de segunda mano. Un kimono reposando en un bosque (¿su propietaria anda desnuda entre los árboles?), un bosque “habitado” por diez troncos vestidos, o un traje negro volando sobre un campo de trigo. Fotogramas (ya que existe una narración) de trajes resucitados (en su anterior vida estaban rellenos de personas) que adquieren vida propia como fantasmas en la naturaleza.

En cambio en los relatos (porque también hay una historia detrás de sus fotografías) de Aino Kannisto el protagonista es humano, y está vivo. También tenemos la certeza de que sufre, que está en una encrucijada. Son personas solitarias, encerradas en interiores, y que necesitan una respuesta. Una tranquilidad que contrasta con la tormenta interior que traslucen sus miradas. Esa persona es en realidad Kannisto, que en un juego de engaños no pretende hacer autorretratos, sino retratos de personas diferentes: ella cambia de peinado, de actitud y de personalidad. Son situaciones y personas distintas a las que las unen la desesperación o el abandono.

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